I
Esta vez todo cambió. Seis meses después de correr el maratón de Las Vegas, ante la cancelación de la competencia de Nueva York por el huracán Sandy, los 42.195 kilómetros del recorrido por las avenidas de San Diego resultaron un trayecto de diversión, retos constantes y satisfacciones.
El cambio fue de lo más sencillo hasta los puntos críticos que se deben tomar en cuenta para una carrera de este tipo: del negro de la playera conmemorativa del maratón de Las Vegas se pasó al blanco; de los camiones que nos transportaron a la línea de salida a la limo Hummer; de la ruta por el desierto y escasos puntos de hidratación a la hospitalidad de los vecinos que salieron a las calles a vitorear a los corredores; de Las Vegas de noche a una mañana de euforia en el estacionamiento del estadio de beisbol de los Padres de San Diego, con más de 20 mil corredores que festejaron sus logros.
El día previo a la carrera.
Parte de este cambio fue también el domingo previo a las carreras: una semana antes a la competencia en Las Vegas estaba en cama con 39 grados de temperatura, mientras que el domingo anterior al 2 de junio en San Diego, corrí 15 kilómetros, tal como lo marcaba el programa de entrenamiento.
Y sí, todo cambió gracias en gran parte a la experiencia previa en esta distancia. El respeto al maratón me hizo planear una carrera con el único objetivo de sentirme bien durante el trayecto y el resto del día. No era cosa menor.
II
Después de que sonaron tres alarmas a las cuatro de la mañana, Vero y yo estábamos listos en el lobby del hotel a las 4:30 para esperar el camión que nos llevaría al Parque Balboa para la salida.
La primera sorpresa del día llegó justo en el estacionamiento del hotel, donde nos negaron el pase a uno de los camiones y nos mandaron, gracias a un par de boletos que nos entregarón al registrarnos dos días antes, a otro vehículo. Nos esperaba una limosina Hummer en la que, al igual que nosotros, once corredores más subieron no sin antes tomarse una foto.
A las 4:50 estábamos sentados en el jardín del Parque Balboa, uno de los lugares más representativos de la ciudad. Aún no amanecía y algunos corredores aprovecharon para descansar, comer algo, entregar sus cosas en el guardarropa o alistar sus reproductores de música.
Vero y yo nos sentamos unos minutos, tomamos algunas fotos y ubicamos los sanitarios especiales que la marca de tenis Brooks montó para quienes, en la expo, compraron productos de esa marca.
Justo esa iniciativa de Brooks fue la segunda sorpresa. Para quienes han participado en alguna carrera no es difícil ubicar los sanitarios portátiles —azules por lo general— que se instalan para los corredores, cabinas que no tienen otro objetivo más que proporcionar el servicio básico. Pues los baños de Brooks ofrecían mayor espacio, agua caliente y algunos accesorios de regalo para sus clientes, como vaselina y geles.
El servicio de traslado del hotel a la línea de salida fue en limosina.
Esta opción nos permitió una segunda parada a escasos 10 minutos de ingresar al corral de salida y estar relajados antes del escopetazo inicial.
A lo largo de estos meses como corredor me ha tocado escuchar distintas versiones de quienes corre y finalizan un maratón. Las descripciones por lo general se centran en el momento en el que se cruza la meta y hay quien ha llegado a equiparar ese momento con el nacimiento de un hijo.
En mi caso y luego de dos maratones, el momento de mayor emoción es cuando ingresas al corral de salida. Esa espera de 10 o 15 minutos al disparo de salida resume meses de preparación, de problemas de horario para entrenar, de crisis en el trabajo y de dolores en el cuerpo, que si no se hubieran superado esa espera sería imposible.
Pues bien, no había más que esperar. El momento para el que entrené estaba justo frente a mí con la marca de salida del Maratón de San Diego.
III
La estrategia estaba planeada. Arrancaría de manera muy lenta e iría incrementando el ritmo con el paso de los kilómetros. En el papel, tenía que correr la segunda parte del maratón más rápida que la primera. El reloj se programó para indicar tiempos parciales cada 10 kilómetros.
El video que muestra las calles por donde pasará el maratón se muestra en la Expo.
Nos inscribimos a esta carrera, Vero y yo, con un tiempo estimado para finalizar de 4:00 horas, por lo que desde nuestro corral ubicamos sin mayor problema a los pacers o marcadores de paso que llevaban banderines de 3:55 y 4:10 horas.
Como era de esperar, al disparo de salida nos rebasó el grupo de 3:55 y nos fuimos muy cerca del de 4:10; sin embargo, y a pesar de la inyección de adrenalina que significa el arranque, dejamos que se fuera el grupo de 4:10. Nos pareció que salió muy rápido, lo cual comprobaríamos kilómetros más adelante.
Vero y yo nos fuimos juntos. En algún momento alguien se avanzó en busca de algunos espacios, pero siempre volvimos a encontrarnos.
Salimos con un paso más rápido de lo que teníamos considerado. Nos sentíamos bien. Los mismos participantes, la emoción y un trayecto plano facilitaron el buen ritmo, aunque yo preferí correr más lento y evitar a toda costa que me sucediera lo de hace seis meses en Las Vegas.
Cruzamos el centro de San Diego y casi al pasar la embajada de México sonó la primera alerta de las cuatro que había programado: 10 kilómetros en 55:53 minutos, un tiempo rápido considerando que el plan era bajar ese parcial más adelante y que mi mejor marca en esa distancia es de 50 minutos. Faltaba por recorrer poco más de 32 kilómetros.
El clima para este día no pudo ser mejor: cielo nublado y 17 grados centígrados. Del sol, ni sus luces.
Pasamos el kilómetro 15 y todo iba mejor de lo planeado. Nos sentíamos fuertes y el pronóstico auguraba que el paseo sería placentero.
Era el kilómetro 19 y estábamos en Mission Bay Park, un complejo habitacional frente al mar con grandes jardines y baños cada 800 metros aproximadamente. Una noticia que Vero hoy agradece.
Casi en la marca de los 20 kilómetros, Vero decidió hacer una escala para ir al sanitario; seguíamos en Mission Bay y era el momento ideal.
Para mí, esta semana significaba la número ocho de manera seguida en la que por lo menos corría una distancia de 20 kilómetros, justo el kilometraje en el que nos encontrábamos. Me sentía fuerte y con ganas de apretar el paso.
Así fue. Mientras Vero aprovechó para detenerse un minuto, yo empecé a rebasar gente.
IV
Correr es un deporte peculiar y con diferentes objetivos según cada persona. Mientras que en el beisbol el objetivo es ganar y ser el mejor, cuando se corre un maratón el atleta tiene la opción de hacer lo que le venga en gana.
En esta ocasión me tocó ver desde el joven con el tradicional disfraz de Elvis Presley —común en las carreras en Estados Unidos— hasta una persona a la que en la milla tres le entregarón un par de balones de basquetbol con los cuales recorrió el trayecto botando uno con cada mano.
Lo que más me llamó la atención fue la charla que sostuvieron dos mujeres jóvenes, madres de familia.
La verdad es que no puse atención a lo que decían hasta que escuché a una decir: "Mucho gusto, me llamo Ana".
Dos desconocidas entre sí dejaron de serlo justo cuando corrían un maratón y decidieron que era buen momento para compartir sus historias.
Ana le dijo a su nueva amiga lo complicado que es entrenar para un maratón. Ella reviró y le explicó que, junto con su esposo, se organizó para definir cuándo cuidaría él a los niños para así programar los horarios de sus entrenamientos.
San Diego resultó ser "un pueblo", diría @adrixaguirre, con gente de gran calidad humana.
En el trayecto no faltó quien salió de sus casas para ofrecer agua fría y dulces a los corredores; otros más sacaron las mangueras para literalmente dar un baño a quienes pasaban por ahí.
"Estoy orgulloso de ti, perfecto desconocido" y "Ya no eres más un corredor, eres un maratonista", fueron dos de las cartulinas elaboradas por vecinos de San Diego que mostraron a lo largo del camino y que hoy más recuerdo.
V
Después de cruzar el medio maratón, los siguientes 10 kilómetros fueron una verdadera fiesta.
El cronómetro no importaba en ese momento, al menos para mí.
No obstante era justamente el tiempo lo que daba la nota: el keniano Bernard Koech detuvo el crono en 58:41 minutos en el medio maratón, la mejor marca registrada ese año, el medio maratón más rápido en suelo americano y la tercera mejor marca en la historia.
Después del segundo parcial de 10 kilómetros, mi reloj marcó 59:08 minutos, más de cuatro minutos respecto a la primera vuelta.
Iba rumbo al kilómetro 30, el cual marca tradicionalmente el inicio de la parte más complicada de un maratón y justo el trayecto de mayor dificultad en esta carrera: una pendiente de casi dos kilómetros.
Kilómetro 30, milla 20 aproximadamente y la pendiente a la vista.
Era un tramo de la carretera 163 y, a todas luces, la parte más complicada de la ruta.
Por mi parte seguía disfrutando una de las mejores carreras de mi vida.
Esta subida se caracterizó por los montones de corredores que tuvieron que caminar o detenerse antes de seguir.
En cambio, yo pude seguir con mi trote sin gran dificultad.
¡Gracias Zacatecas!
El clima fue uno de los factores que jugaron a favor de los corredores.
VI
La recta final.
Para ese entonces el pacer de las 4 horas y 10 minutos era historia.
Quien diga que el tiempo es lo de menos en un maratón, créanle. Sin embargo, no conozco una persona que evite mejorar sus marcas.
Cuando pasé por los kilómetros 30 y 35 y vi que mis tiempos eran de lo mejor que había registrado, pasó por mi mente la idea de que podría cruzar la meta en menos de cuatro horas.
Preferí seguir disfrutando.
El estadio de los Padres de San Diego abrió sus puertas para la recuperación de los corredores.
Llegamos de nueva cuenta al Parque Balboa y al salir nos esperaba la marca de los 40 kilómetros.
Al cruzar la meta detuve el reloj en 4:08 horas, 28 minutos menos que mi tiempo en el maratón de Las Vegas.
VII
Esta vez todo cambió.
Por primera vez al finalizar una carrera me fue imposible encontrar a Vero, a pesar de que llegó solo tres minutos detrás de mí.
Nos encontramos en el punto de reunión familiar y de ahí nos fuimos a las butacas del estadio de beisbol para escuchar la banda de rock que festejaba a los corredores.
Comimos hot dogs y tomamos cerveza.
Hoy me queda todavía más claro que correr duele.
Pero después de cruzar la meta de un maratón se puede experimentar una sensación de satisfacción que pocas cosas en la vida pueden dar.
El domingo 2 de junio de 2013 corrí un maratón en el que todo cambió.