4 julio 2016 Crónicas

De corredores, agresiones e intolerancia

Por Héctor López Neri
Corredores en la ciudad

Correr en la ciudad debería ser una actividad sencilla. Un par de tenis, ropa cómoda y la disposición para salir a recorrer las calles bastan para comenzar.

Sin embargo, quienes corremos con frecuencia sabemos que no siempre es así.

Las calles se convierten en espacios donde convivimos con automóviles, bicicletas, transporte público y peatones. En teoría todos deberíamos compartir esos espacios con respeto.

La realidad muchas veces es distinta.

No es extraño escuchar historias de corredores que han sido insultados por automovilistas, peatones molestos o incluso otros corredores.

Tampoco es raro ver cómo la intolerancia aparece cuando alguien considera que el otro está invadando un espacio que cree propio.

En ocasiones los conflictos comienzan con algo tan simple como un grito, una mirada o una mala interpretación de un movimiento.

Pero en otros casos las agresiones pasan de lo verbal a lo físico.

Ese tipo de episodios obligan a reflexionar sobre la manera en que convivimos en los espacios públicos.

Las ciudades modernas se enfrentan a un desafío constante: encontrar el equilibrio entre la movilidad de los automóviles y la necesidad de las personas de utilizar las calles para caminar, correr o andar en bicicleta.

Los corredores somos parte de ese ecosistema urbano.

No somos los únicos usuarios del espacio público, pero tampoco deberíamos ser tratados como intrusos.

Correr también es una forma de vivir la ciudad.

Es una forma de recorrerla con calma, de observar detalles que pasan desapercibidos cuando se viaja en automóvil.

También es una forma de cuidar la salud y de construir hábitos que impactan de manera positiva en la vida cotidiana.

Por eso resulta preocupante cuando aparecen episodios de agresión contra quienes deciden salir a correr.

La intolerancia no resuelve los conflictos de convivencia.

Al contrario, los agrava.

Cada vez que alguien responde con violencia a una situación cotidiana, la ciudad se vuelve un lugar un poco más hostil para todos.

Los corredores también tenemos responsabilidades.

Debemos respetar las señales de tránsito, los espacios peatonales y la convivencia con otros usuarios de la vía pública.

Correr no nos da derecho a ignorar las reglas.

Pero tampoco debería convertirnos en blanco de agresiones.

Las ciudades que promueven la actividad física suelen ser ciudades más saludables y más amables con quienes las habitan.

Promover el respeto entre todos los usuarios de la calle es parte de ese proceso.

Al final, la convivencia urbana depende de pequeñas decisiones que tomamos todos los días.

Un conductor que reduce la velocidad.

Un peatón que cede el paso.

Un corredor que respeta los espacios compartidos.

Cuando esas pequeñas acciones se multiplican, la ciudad se transforma.

Y entonces correr vuelve a ser lo que debería ser siempre:

una experiencia de libertad.

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